sábado, 13 de febrero de 2010

Primer empleo

Finalmente había conseguido un trabajo de redactora en una editorial de marketing, un trabajo de pocas horas que me permitía seguir ayudando a Dorita. Era mi primer trabajo así que la noche anterior prácticamente no había podido dormir pensando en qué me encontraría, ¿Cómo era el ambiente laboral? ¿Cómo serían mis compañeros? ¿La relación con los jefes? Pero era una preocupación agradable acompañada por un montaje de voces “Por fin conseguí mi primer trabajo, por fin”.
La que se dirigía a la oficina en su primer día de trabajo era yo misma con esas otras voces, y yo que quería escribir, yo periodista.
Me senté en un escritorio todo sucio, repleto de papeles y hojas tiradas. Mi jefa me dijo que empiece encendiendo la computadora pero antes traté de sacarle la gran cantidad de papeles que tenía encima y limpiar un poco la tierra acumulada en el teclado.
La primera nota que debía escribir era para un suplemento cultural de un diario chileno, un breve relato sobre el edificio Kavanagh. Comencé a investigar en Internet y descubrí que aquél edificio formaba parte de una historia de amor y odio entre familias, entonces las palabras empezaron a aparecer, se empezaron a conectar, la escritura fluía fácilmente, rítmicamente.
Escribiendo me escribía y comenzaba a vivir lo que creía sería una gozosa forma de subsistencia.



спасибо


lunes, 18 de enero de 2010

Tarde de chicas

“Toda mirada goza de un efecto de vértigo
en pasión de redoblamiento: tú, yo, siempre, nunca”
El bolero, historia de un amor de Iris M. Zavala


Dorita quería volver a Claromecó, hace mucho que no iba y recordaba con muchísimo cariño los veranos de su infancia.
Recordaba el viento en la playa, la desembocadura de un arroyo en el mar, los atardeceres viendo el sol ocultarse en el mar. Dorita se sentía bien ahí, decía que era un lugar energético y cumplía la función de desconexión: “Acá se te borra toda la información del disco rígido” me decía.
Uno de los días llovió muchísimo así que me propuso ir a visitar a una amiga de la familia que había sido maestra de su madre en una pequeña escuela rural de Tres Arroyos. Aura la recibió emocionada y conmocionada al verla tan flaca y con el pelo corto pero evitó hablar de “la enfermedad” y se limitó a preguntarle cómo estaba.
Llevamos unos conitos de dulce de leche y nos preparó un café que disfrutamos a medida que iban transcurriendo sus relatos. Aura era una mujer de unos ochenta y cinco años que comenzó a contarnos historias de amor de los viejos tiempos, una de las que recuerdo es la de sus padres.
Su madre era una antigua concertista de piano que tocaba junto con su padre (abuelo de Aura) y su hermana (tía de Aura).
Me los imaginé en color sepia, hasta incluso llegué a pensar en la película Funes, un gran amor de Raúl de la Torre. Me vino a la memoria la imagen de Azucena Funes (interpretada por Graciela Borges) tocando el piano pero temiendo que esas imágenes me absorbieran por completo las olvidé para seguir el relato.
El abuelo de Aura era un hombre muy severo, rígido y estricto así que cuidaba con mucho recelo a sus hijas. Un día fueron a Tres Arroyos a dar un concierto y cuando estaban llegando el que sería el padre de Aura miró con atención a esa mujer de elegante figura y delicadeza en los gestos. Unos días después el hombre iría a ver el concierto, rutina habitual en él ya que era un amante de la música. Escuchó atentamente cada uno de los temas interpretados y volvió a mirar con la misma intensidad a aquella mujer, se perdió mirando sus manos, esas mismas manos que seguiría mirando en todos los sucesivos conciertos que la pequeña orquesta daría. Finalmente y, luego de realizar las averiguaciones pertinentes fácilmente conseguibles en un pequeño pueblo, decidió acercarse al padre de la muchacha y éste, con tono firme le dijo: “Si me va a hablar de asuntos musicales lo escucho atentamente, de lo contrario aquí le entrego mi tarjeta”.
Unas semanas después el hombre enamorado se dirigiría a pedir la mano de la concertista. Partió rumbo a Pergamino con su mejor traje, algo nada difícil para un hombre de dinero como él y pidió la mano de la joven lo cual le fue concedido.
Así, sin más, nacía esa historia de amor que Aura narraba con lujo de detalles como si la hubiese vivido.

domingo, 3 de enero de 2010

Primera salida

Dorita quiere volver a salir, quiere pasear, recorrer, me dice: “Vamos para el centro”.
Caminamos por plaza Francia, entramos al Centro Cultural Recoleta y después vamos al Palais de Glas.
Ella camina, deambula entre las obras, mira, disfruta. Yo la observo desde lejos y la suelto, la dejo perderse:






martes, 29 de diciembre de 2009

¿Y ahora?


La luz ya no rebota en su cabeza, los primeros pelos se asoman.

Temo, esta vez por mí, ¿ahora qué voy a hacer? ¿cómo voy a conseguir ese trabajo que tanto busqué?

Pero la miro a Dorita subiendo de peso, la miro en la ventana, recuerdo, y siento esa tristeza por todos los que viven y vivieron con cáncer.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Y...

Volvemos al departamento, Dorita tiene esa lentitud prototípica, ese cansancio pesado. Cuando llegamos se acuesta y después todo es silencio. Yo espero atenta, en esos días estoy sin dormir. Siento el alivio por ser la última quimio pero también se hace presente el miedo de las anteriores.
Esta vez Dorita se levanta y me dice "fideos" yo me quedó mirándola y le explico que no, que sabemos lo que pasa (evito decir vómito por las dudas) pero Dorita insisite "tengo hambre, quiero fideos".
Finalmente se los cocino, le sirvo y espero que no vomite, que esta sea la única quimio sin vómitos. Para mi sorpresa come dos bocados sin problemas y me pide que la acompañe a recostarse nuevamente.
Al día siguiente está mejor así que come un poquito más. Todo me emociona, me conmueve.
Ahora todo va a ser diferente, a cada instante todo es diferente, pero esto lo explicita de un modo desestabilizante.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Y que sea la última

"Otro doblez en el tiempo
y una emoción sostenida"
Cantan Florencia Ruiz y Ariel Minimal



Tomamos el colectivo con un calor sofocante. Estar continuamente preocupada se había tornado algo rutinario, podía pasarme horas pensando en que faltaba una más, una, pero ese singular se amplificaba en el recuerdo de las anteriores.
Mi percepción se había transformado, todos esos lugares que habíamos transitado tenían sus marcas. Siempre pensé que el espacio es un lugar de resignificación constante, quizás porque me empeño en asociar determinadas situaciones a los espacios en donde ocurrieron. Soy toda una sentimental territorial...
Entonces con Dorita tómabos el colectivo y yo fingía que estaba todo bien, quería que esté tranquila, y ella fingía que creía ese estado mío tan armonioso.
Llegamos al consultorio del oncólogo donde le aplicaban las quimiterapias y allí estaba Elsa, la secretaria. Elsa siempre preguntaba: "¿Por cuál vas?" y eso condicionaba el resto de sus palabras que podrían ser: "Qué bueno" o "Bueno, falta menos". Pero esta vez estaba ocupadísima así que nos sentamos y esperamos.
Apareció otro enfermero, uno que no conocíamos pero que tenía una simpatía arrolladora:
-¿Qué tal chicas? ¿todo bien? ayer perdimos el partido así que no estoy muy bien eh....-
Inmediatamente le dije:
-¿Así que sos gallina?, mejor nos vamos, no quiero que le apliques la quimio vos... jajajajaja-
-¿No me digas que vos sos de Boca? noooooo, por favor, ¡lindo día me espera!-
Al final entró Dorita y yo por primera vez no ingresé con ella lo cual me puso extremedamente nerviosa. El enfermero explicó que era mejor (a través de un "tranqui mami") pero yo no dejaba de pensar en que encima de ser gallina tenía muy mala onda.
Me quedé frente a la puerta de manera que cada vez que la abrieran pudiera verla a Dorita. Ni bien le pusieron el suero con el antivomitivo entré y le expliqué al enfermero que con la droga roja vomitaba, que se mareaba mucho y que tenía la toalla por las dudas. Me terminó diciendo: "Andá, andá bostera".
La puerta se abría y yo la miraba, la saludaba, le hacía muecas y ella me devolvía una sonrisa suave, perdida. Esa puerta marcaba el ritmo, pero no podía ocultar nada.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Llegada

"Entonces para vos ya no existe el miedo,
ni el dolor ni el frío"
Superchería, Luis Alberto Spinetta



Al parecer habíamos llegado a la última quimio. La última de varias que me habían hecho adquirir una persistente rutina: jeringas, antivomitivos, la heladera llena de papelitos con teléfonos de emergencias y enfermeros, el cronograma de las inyecciones, la primera comida (fideos finitos, pocos, con un poco de aceite y apenas un poco de queso rayado)...
¿Y ahora que vendría?
Me acuesto sobre el pasto y todo gira, pero yo permanezco, inmóvil, y comienzo a cerrar los ojos.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Así lo veo yo



Me encontré con Isabella y le comenté el episodio del desmayo de Dorita. El tono de mis palabras provocó que se riera mucho, muchísimo, lo cual me llamó la atención:

-¿Pero por qué te da gracia?-
-Es la forma en que lo contás, es gracioso, no te das cuenta pero sos muy graciosa-
-Pero fue horrible lo que viví, no entiendo-
-Uy, no importa, transformaste esa situación dramática en una comedia, es buenísimo, nada que entender. Quizás es una forma que tenés de superar la angustia.-

Después de decirme eso Isabella comenzó a contarme una serie de episodios que había vivido:

-Una vez estaba comprando en la verdulería y apareció un antiguo novio mío que me dejó por otra chica. Me miró, se quedó mudo, buscaba descifrar si era yo o no esa delgadísima pelada. Me acerqué y lo miré con cara de fantasma que asusta, típico de juego de chicos, me falto levantar los dos brazos y hacerle “Buuuuuuu”. Se quedó ahí mientras el verdulero le decía si quería manzana verde o roja. Cuando me iba le dije al oído: "Y bue… tanta angustia… en algún momento iba a explotar, esto tiene mucho de problemas emocionales".-
-Que mala che, y el pibe ¿Qué dijo?-
- Nada, me siguió con la mirada mientras me iba.
Recuerdo otra vez, estaba haciendo cola en el supermercado, me sentía pésimo, hacía mucho calor y aparece una chica embarazada. Tampoco tenía una panza enorme eh… Bueno, yo estaba a punto de llegar a la caja pero esta chica corre y se adelanta, se me coló ¿A vos te parece?-
-Pero estaba embarazada-
-Precisamente, la dejé, tranquilita, y mientras esperaba que saque toda esa enorme cantidad de productos que tenía en el chango comienzo a recitar en voz alta un poema de Juan Manuel Daza:

En la guardia de ginecología y obstreticia del
Hospital Durand:
-Una mujer tuvo un bebé
-Mi hermano tuvo un quiste
¿Porqué pienso que mi hermana la sacó más barata?


La piba se dio vuelta me miró y me dijo "Ah… bueno…"-
-¿Y?-
-Tardó el doble, se enojó, empezó a hacer tiempo-

viernes, 6 de noviembre de 2009

Sin aliento

No sé porque tengo esa maldita costumbre de leer los prospectos de los remedios. Mi mirada se dirige inmediatamente a los efectos secundarios.
Las drogas de Dorita eran bastante fuertes así que esta vez la lectura era no apta para alarmistas.
De todos modos traté de olvidarme, aunque soy de esas personas que no olvidan fácilmente, que se quedan con esas densidades que persiguen desde una profundidad cercana.
Estaba mirando la televisión tranquila cuando escuché la voz tenue de Dorita desde la habitación. Me decía que le lleve agua. Cuando iba con el vaso hacia la habitación la vi a Dorita recostada sobre el inodoro, le pregunté si estaba bien pero no respondió, estaba con los ojos cerrados, apoyada contra la pared y con la boca entreabierta. Volví a preguntarle pero nada así que empecé a desesperarme, a gritarle que se despierte.
Mi mente estaba plagada de paros cardíacos, alergias fulminantes, muerte, ¿No respira?
Empecé a correr de un lado al otro del departamento, desesperada ¿Hospital? Paro, es un paro. Llamé a las emergencias, creo que les grité. Después volví con Dorita, tomé su cara con mis manos y le hice una respiración boca a boca. Segundos después abrió los ojos, me dijo que tenía sed, que hacía mucho calor. La acosté en el lugar más fresco, el piso, y unos pocos minutos después sonó el timbre, eran los de la ambulancia.
Cuando la enfermera me vio se asustó: “¿Es a vos a la que tenemos que atender no? Mirá la cara que tenés, tranquila”.
Cuando llegamos Dorita estaba hablando con el oncólogo a quién al parecer yo había llamado en esos minutos de desesperación. El oncólogo llamó preocupado para saber qué pasaba.
Después la enfermera resultó ser cardióloga, gracias a mi prematuro diagnóstico para solicitar la ambulancia: “Se está muriendo, creo que tuvo un paro cardíaco”.
Al parecer había sufrido una deshidratación y la solución era darle gelatina. Me explicó que cuando no toman mucho líquido lo ideal es la gelatina, porque también alimenta.
¿Gelatina? ¿Tanto lío por una gelatina? ¿Por qué nadie me lo había dicho? Era tan fácil.
Empecé a rastrear otros factores impulsores de mi paranoia. Recordé que cuando era chica miraba un programa de emergencias, ahí mostraban un montaje de imágenes previas al desenlace casi fatal con un tema musical bastante terrorífico...

viernes, 30 de octubre de 2009

Mismo vecino, menos sexy

Unos días después de pedirle que sea nuestro enfermero volví a encontrarme con el famoso vecino. Me preguntó cómo estaba Dorita, cómo iba todo y ni bien terminé de decírselo me lanzó un fulminante:
-Si, pero ojo, decíle que se haga controles y eso, radiografías porque en general se terminan haciendo metástasis en los huesos, yo te digo, vos fijáte…-
Ni bien terminó de decirme eso y abrió la puerta para bajar, lo que yo estimaba iba a ser una sonrisa terminó transformándome en un gesto incómodo. Lo miré, me saludó y me perdí mirando el transcurrir de los pisos en el ascensor. Empecé a pensar en las veces en las que yo misma me había encontrado ante esta forma de diagnóstico ante cualquier tipo de enfermedad:

¿Gripe? Tomáte un té con miel y listo, nada de antibióticos que después te arruinan el estómago
Para las diarreas mucho arroz y agua, listo, nada mejor.
Si, es jodido, un amigo de mi prima murió de eso.

¿De qué se trataba? ¿De ejercer la medicina ilegal o el comentario pseudo-científico? Me odiaba a mí misma odiando al vecino que había perdido en sus palabras todo posible atractivo. Pero esa forma de distanciarse del otro… ¿No era, paradójicamente, un intento desesperado de acercamiento? La gente dialoga y hiere, pero quizás el surco que dejan los médicos es suficientemente profundo como para que nos empecinemos en llenarlo.

jueves, 22 de octubre de 2009

Enfermeros


Conseguir un enfermero para que le aplique a Dorita las inyecciones contra los vómitos no fue tarea fácil, véase aquí el recorrido:

1-Richard

En el barrio recomendaban al “mejor enfermero”, él atendía a casi todos los vecinos. En la farmacia también era popularmente conocido así que me pasaron el número garantizándome que era “excelente”.
Lo llamé después de la primera quimioterapia. Ni bien llegó empezó a comentarnos los entretelones de la vieja que vivía en la calle Mitre: “No la quiere mucho la familia, si no la cuidan ellos…”. Pero después siguió hablándole a Dorita que estaba acostada en el sillón: “Imaginá que estás en un parque, todo verde, hace calorcito, que lindo, cuanta paz, dejáte de hinchar, no tenés que estár mal, por favor, hay cosas peores, imagináte meterte en una tomografía toda encerrada, terrible…”. A esa altura Dorita, que se había puesto toda colorada escuchándolo, estaba en el baño vomitando. Cuando me acerqué me dijo: “Este tipo es un desastre, no lo quiero, sacálo ya”.

2-Vecino

Desesperada buscando a otro enfermero se me ocurrió preguntarle a un vecino bastante atractivo que siempre andaba vestido de celeste, con uniforme. Lo ataqué en el ascensor pero me dijo que se encargaba de hacer ecografías, me deseó “mucha suerte y paciencia”.

3-Pato

Por último apareció ella, Patricia, Pato. La mamá de una amiga la conocía ya que cuidaba a su suegro, así que ella también venía recomendada.
La Llamé un sábado a la madrugada. Los sábados la avenida Gaona se llena de jóvenes que bailan en los boliches cercanos, toman, se pelean, etc. Desde la habitación de Dorita llegaban ecos de esas voces mezcladas con el reggaetón proveniente de los parlantes de los coches.
Y Pato llegó rápido, se hizo paso entre la multitud adolescente, tan rápido como la necesitaba, bajó de su Harley Davidson nuestra enfermera motorizada. Nos contó chistes, nos hizo bromas, todo sin dejar su ocultar la amargura que sentía a verla así a esa mujer que recién conocía.

jueves, 15 de octubre de 2009

Je suis Isabella

“Ignoraba qué encadenamiento de hechos la
había conducido hasta allí, y este misterio
la llenaba de una desesperada necesidad de libertad.
Sin embargo, no se movió”
Belle de Jour de Joseph Kessel





“Sabés lo que pasa, yo no quiero ser Isabella, yo quiero ser Isabelle, como Isabelle Hupert. Actuar en los films de Chabrol, Merci pour le chocolat…”. Me lo dice con ojos llorosos, con la mirada desviada, deslizándose en el aire.
Isabella tenía una larga caballera con los tonos rojizos de Isabelle, pero ahora luce una peluca color marrón oscuro. Me pregunto (e implícitamente juzgo) porqué algunos deciden usar peluca y no exponer la pelada, aunque sea desdibujada con gorro o pañuelo.
Pero la pregunta es irrelevante, tratar de respondérmela involucraría cuajar algo que se resiste a las sistematizaciones y sería acto de violencia ejercida contra alguien que quizás no se lo pregunte. La decisión es una acto en sí, personal, más allá de las implicancias en el afuera.
Decido, entonces, hacerle una propuesta. Le digo que podría usar otras pelucas, jugar a ser la Catherine Deneuve de Belle de Jour.
Pero comienza a llorar y, mientras el lamento se hace abrazo, me dice: “¿Porqué, porqué no jugué antes, porqué jugar ahora?”.

jueves, 8 de octubre de 2009

Cita a ciegas

“seca en el asfalto abandonada sin pileta.
Ni si quiera mal armada .Pero las sirenas siempre
sobreviven son digamos siempre felices siempre eternas”
Sesión de chat, lo que quieras habla con sirenasinpelopincho




La sentencia de Isabella fue rotunda: “Tenés que conocerlo, es para vos, se van a llevar bárbaro, son muy parecidos”. Lo pensé, recordé las citas a ciegas que había padecido, las ganas de salir corriendo a los cinco minutos, pero dije que bueno, total…

El día de la cita llegó pero me resistía a ir, sentía ganas de quedarme en casa o pasar por lo de Dorita a charlar un poco. Miraba por la ventana la oscuridad delineada por una lluvia persistente, siempre lluvia, más lluvia, “Día ideal para encontrarse”. Para mi sorpresa todo fluyó desde el comienzo, sin falsas pretensiones de atraer. Los temas fueron transcurriendo con y sin coincidencias, pero se mezclaban, se adherían, conjugaban. Luego la despedida, él y yo, la lluvia, un abrazo. Después todo él, como la tragedia griega, esa densidad que lo cubre todo, que impide la reflexión, que extravía. Hasta que sábado a la noche y nuevo encuentro entre cine, café, más charla. Una despedida que se imprime en la memoria a doce fotogramas por segundo.

Después, el silencio, la nada. ¿Qué pasó? ¿Por qué? Pienso que debo resignarme ya que ese silencio, contradictoriamente para mi percepción, dice que no. Sin embargo, y a pesar de, escribo un mail (que finalmente nunca enviaré):

Después de abrir la casilla de forma casi mecánica, esperando un mail que no llega, me decido a escribirte este mail que, quizás, sí salga de esta casilla:
Es simple, uno piensa, la pasé bien, mal, más o menos... Pero yo escuché a un Julián proyectando salidas futuras, escribiendo seguido por el MSN, un Julián que me caía bien y a quién recién empezaba a conocer, entonces me pregunto ¿Porqué ese mismo Julián desaparece? Es simple, desapareció y todo queda en el orden de lo implícito. Pero aunque el lugar de lo implícito es muy confortable, también genera dudas. Entonces me pregunto, si entiendo que lo fuimos, ¿Porqué no podemos seguir siendo lo suficientemente... sinceros? De lo contrario queda eso otro potencial, que podría ser y no es, queda en el aire, flotando. Será cuestión de decidir si lo eliminamos con el mata moscas o aún le concedemos algo de vuelo.

Victoria

jueves, 1 de octubre de 2009

De amores


“Y si vos querés te voy a buscar
para que los días no se vayan sin pensar”
Lisandro Artismuño, Canción de amor

(¿Y ahora con quién voy al concierto de Artismuño?)



En el consultorio del oncólogo conocí a Isabella, una chica de veintitrés años con la que me pasaba horas charlando mientras esperaba para hacerse su sesión de quimioterapia. Como sabía que compartíamos la pasión por el cine me contó una anécdota:
“Cuando era chica mis viejos miraban el programa de cine Función privada, con Rómulo Berruti y Carlos Morelli. Creo que ellos tomaban whisky sobre una tarima, recuerdo el ruido del hielo chocando en los vasos.
Tengo la imagen de un film de Almodóvar, no recuerdo cual, pero sí recuerdo la situación. Yo acostada en el sillón al lado de mamá, una frazada para cubrirnos del frío. Y cuando venía una escena que ellos no querían que vea, una escena con contenido sexual, me tapaban la cara con esa frazada, recuerdo que era naranja, con agujeritos, así que por allí siempre podía llegar a mirar algo.
Quizás esos retazos adheridos en mi memoria y expuestos a la luz sean los culpables de mi actual adoración por su obra.”.
Casualmente se estrenaba Los abrazos rotos, Isabella quería ir a ver la película. La última vez que había ido al cine fue con un chico que le gustaba, ambos salieron de la sala y ella se quedó mirando el póster del film. Mientras caminaba, la imagen de Penélope iba desapareciendo de su campo visual y ella deslizaba con un susurro “Quiero verlaaaaa”, él no la escuchaba y seguían caminando hacia la salida.
Isabella estaba sola en el consultorio, una vez más, esperando a alguien que no vendría, esperándolo a él, ¿Y dónde estará?

jueves, 24 de septiembre de 2009

Recuerdos

“… pero hay otro terror que amplía el universo,
que lo vuelve más complejo.
Los chicos tienen mucha habilidad para
ese tipo de terror: el de las puertas secretas,
los rincones. En la naturaleza indefinida de las cosas”
Entrevista de Paula Jiménez a Lucrecia Martel,
“La memoria de un sonido”, Buenos Aires, 24-08-08.


Con Dorita nos sentamos a tomar mate y, quizás sin darnos cuenta, comenzaron a entrometerse recuerdos de la infancia.
La casa de mi abuela era una de esas casas chorizo, largas. La familia se reunía en el living, al lado del patio y los chicos nos íbamos a la piecita de adelante que daba a la calle y durante mucho tiempo había funcionado como kiosco. Nos quedábamos jugando, escondiéndonos en los sillones pero había algo que captaba nuestra atención, que nos daba miedo cuando nos quedábamos a oscuras. Se trataba de la virgencita eléctrica, una pequeña virgen de plástico que se enchufaba produciendo electricidad. La mirábamos de lejos, aterrorizados, hasta que un día a mí se me ocurrió tocarla, ver qué pasaba. Me acerqué cautelosamente mientras mis primos me miraban, extendí la mano y sentí un dolor terrible que me produjo un temblor en todo el cuerpo. Mis primos se habían quedado pálidos mirándome y yo había comenzado a llorar sin parar mientras me agarraba el dedo dolorido. Nunca más toqué la virgencita, la abuela la siguió enchufando pero para nosotros podría producir algún tipo de fenómeno paranormal que preferíamos evitar.
Dorita recordó los Saumerios, esas barritas de colores que se prendían para aromatizar el ambiente. Para aromatizar, supuestamente, porque a Dorita le producían alergia. Un día, cansada de que la torturen, decidió incendiarlos así que provocó una humareda bastante terrible como para lograr que la familia decidiera desistir del terrible ritual de aromaterapia.
Habíamos perdido la capacidad de hacer, de incendiar y todo porque sí. Aún teníamos temor, pero ya no nos arriesgábamos. Más certeza, menos incertidumbre y afuera, sin embargo, todo continuaba siendo extraordinario.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Tomates




No soy de hablar mucho pero cuando estoy triste hablo mucho menos, siento, la ausencia. Percibo en cámara lenta, con ralenti, todo sucede delante mío pero sin mí, soy una simple expectadora.
Dorita se daba cuenta, así que al verme retraída me encomendó una tarea específica, tenía que cuidar la planta de tomates del balcón.
A mí me encantaban los tomates y a Dorita también, pero no podía comer verduras crudas, el oncólogo se las había prohibido para evitar cualquier tipo de problema estomacal derivado de la temida bacteria Escherichia coli.
Día a día la cuidaba, la podaba, pero pensaba en la forma en que Dorita pudiera comer tomates, tenía que cocinarlos de alguna manera. Recurrí entonces a otra de mis pasiones, la cocina.
Salí a comprar unos tomates disecados, zapallos zucchini y mozzarella. Corté los zucchini en láminas, los distribuí en una plancha y esperé hasta que se doraran. Mi alrededor se acotaba a los límites de esa cocina, a los olores, las sensaciones... Esuché el ruido de las burbujas chocando unas contra otras, el vapor, el agua estaba hirviendo, así que agregué los tomates secos y, una vez hidratados y colados, los corté en pedacitos. Mezclé el tomate, los zucchini y la moozarella y le agregué unas gotas de aceite de oliva, sal y pimienta. Aroma de tomates húmedos, olivas y tenue olor a quemado de los zucchinis.
Para acompañar compré un pan de cereales, con semillas de lino y girasol, lo corté en rodajas, lo rocié con aceite de oliva, le froté un diente de ajo y lo tosté en el horno.
Dorita lo comió con gusto, le encantó y yo disfrutaba al verla así pero... ¿Dónde estaba mi angustia? ¿Dónde había abandonado la tristeza?

martes, 1 de septiembre de 2009

¿Celebrar?


If you don´t have a date
celebrate
go out and sit on the lawn
and do nothing
cause it´s just what you must to do
nobody dose it anymore

Waltz de Fionna Apple


No estar en pareja o estar solo podría ser una forma de incompletitud, el lenguaje así lo demostraba: "No sabés lo que te perdés...", "Qué bien te vendría...".
Pensaba en el caso de Dorita, una mujer que enfrenta el cáncer, para los otros también podría verse como un caso de falta, de carencia. Pero Dorita era una mujer saludable, alegre, que avanzaba a fuerza de resistir estigmatizaciones.
Dorita y yo, dos mujeres incompletas para los vecinos del edificio, cada una a su manera.
El problema residía en que nosotras mismas llegáramos a vernos así. Dorita había superado sus temores, había salido, se había mostrado ante los otros. Yo, sin embargo, resistía con mayor dificultad los embates.

lunes, 31 de agosto de 2009

Se busca, le buscan, ¿me buscan?

Algunos están preocupados, pero esta vez el foco de atención dejó de ser Dorita, ahora se preocupan por Valentina.
El portero me ve salir a las apuradas y lanza la pregunta:
"¿Para cuándo?"
"¿Qué, para cuándo que? Ah.... Sigo sin encontrar trabajo"
"¿Para cuándo un novio Valen?"
Me quedo dura, atónita. ¿Qué le puedo decir? ¿Desde cuando me dice Valen en vez de Valentina?
"Chau, chau, se me hace tarde"
Con lo de Dorita pude comprender que los límites entre la vida pública y privada se vuelven poco nítidos en los edificios. Pero ahora me tocaba directamente a mí, ¿Desde cuando les preocuba mi vida sentimental?
Recordaba cuando la vecina que se mudó del séptimo apretaba con su novio en la escalera, estaban todos horrorizados, o cuando se peleó la del quinto a los gritos en el pasillo y todos preguntando porqué lo había dejado, que era buen chico. Yo, en cambio, siempre fui un poco reservada, así que para ellos era todo un enigma por resolver...

lunes, 24 de agosto de 2009

Cinéfilas





A veces no hay que hablar, ni mencionar, nada. Para Dorita era tarde de cine, había decidido llevarla al cine Cosmos, sobre avenida Corrientes.
Recordaba los festivales de cine y la atmósfera especial, entrar en el Cosmos era entrar en otra dimensión. La escalera, las luces de tubo fluorescente verde que iluminaban las plantas dentro del cubículo vidriado, la cafetería.
Fuimos en tren y luego en subte pero cuando llegamos nos encontramos con el cine cerrado y el cartel alegorizaba la situación: Cosmos/ Osmos o lo que fue/ lo que es. La puerta, entreabierta, mostraba los afiches del Bafici 2008.
En ese momento recordé otra situación similar. Una vez paseaba por el barrio de Caballito y decidí pasar por el cine Lyon, sobre avenida Rivadavia. Me quedé inmóvil en la puerta contemplando los tabiques de madera que obstruían la entrada. Poco tiempo después el cine reapareció bajo el nombre de Cineduplex y, más tarde, como Arteplex Caballito. A fuerza de bautismos había reaparecido, renovado, pero manteniendo el encanto de las butacas de madera, las salas de dos pisos y los fantasmas de otros tiempos.
Esa tarde no habría Cosmos pero sí Arteplex, Dorita me preguntaba cuáles serían las razones para cerrar un cine pero no pude decirle nada, las imágenes de otras tantas salas desparecidas (el Metro, por ejemplo) se atestaban en mi memoria, como imágenes en movimiento, fotogramas de un pasado incendiado.

viernes, 14 de agosto de 2009

Querido oncólogo



“Si advertimos que médico tiene lingüísticamente
algo que ver, en su origen, con meditación y con
modestia, podremos preguntarnos cuáles fueron
los meandros lingüísticos e históricos que disociaron
en gran medida esos significados”.
A la escucha del cuerpo, puentes entre la salud y las palabras
de Ivone Bordelois

Como la última quimio de Dorita había sido muy complicada se me ocurrió hablar con su oncólogo, pedirle que le de alguna medicación especial para que se sienta mejor.
Todo médico desconoce el ámbito privado del paciente de forma que esa ausencia se le manifiesta a través del diálogo. La palabra entonces cobra su máxima importancia, es la representación de lo vivido, el decir lo que se padece, también grito de ayuda.
Dentro del consultorio, rodeada por la gran cantidad de diplomas que garantizaban la continúa capacitación profesional, comencé a hablar, el eco de mis palabras revotaba con antiguas imágenes del sufrimiento de Dorita. Le hablaba como si fuera una persona que quisiera escucharme, como si pudiera comprender la situación, le hablaba sufriendo, sintiéndome yo misma Dorita, intentando transferir lo vivido.
Mientras, él leía la historia clínica de otro paciente y cuando terminé me dijo: “Bueno, mirá, vomitar es una cuestión fisiológica, es normal, como hacer las necesidades diarias…”. Se levantó de la silla y sonriendo me extendió el brazo como para que me retirara del consultorio.