Teníamos muchas ganas de encontrarnos con Gema. Le había mandado unos mails para encontrarnos pero no los respondía. Y bueno, después de las quimios, pensé, viene la liberación, las ganas de hacer cosas, de disfrutar la falta de los compromisos oncológicos.
Una imagen siempre se me venía a la mente. Gema y Santiago sentados, Gema aplicándose la quimio y Santiago leyéndole, hablándole, distrayéndola. Les había tocado uno cubículo pequeño y allí estaban los dos, queriéndose en el transcurrir del suero.
Gema nos hablaba de su pequeña hija, de su vida. Y cuando Gema entraba al consultorio con su boina y sus raros vestidos todos la miraban, ella tan simpática, llena de alegría. El consultorio cambiaba, nos despejaba, nos hacía reír.
Recuerdo la primera vez que la vi, su juventud y su acento español me hicieron pensar que quizás era una estudiante que había venido por poco tiempo a la Argentina. Pero Gema, Gema y Santiago, con la pequeña niña.
Cuando Dorita preguntó por Gema se le llenaron los ojos de lágrimas. No se animó a decírmelo, porque el dolor fue grande y mudo.
¿Qué más podría decir? Nos debemos un café, nos lo vamos a seguir debiendo, porque Gema quería festejar, porque siempre, Gema, gracias a vos, vamos a seguir teniendo ganas de festejar, aunque el dolor sea hondo, tan hondo como el dolor que sentimos ese día.






















